Si en algo pueden estar de acuerdo petristas y antipetristas es en que la llegada de la izquierda al poder fue una oportunidad de oro para demostrar que las ideas del progresismo, a pesar de no resonar con la mitad de la población, también debían tener cabida en la gobernanza de un país que se había resistido a ellas. Digo oportunidad de oro porque por primera vez se podría evidenciar que la otra mitad del país que ve en dichas ideas la forma de resolver los problemas de Colombia, aun si su visión estuviera equivocada, no podía seguir pintada en la pared. Por eso, a pesar de que ni voté ni votaría por Petro, recibí su elección con la expectativa de que podría hacer un buen gobierno y con la humildad de quien está dispuesta a que le demuestren que no tiene la razón.
Pero fue una oportunidad desperdiciada porque al final de su mandato es claro que no honró la oportunidad que le dieron a ciegas sus electores ni el beneficio de la duda que con resignación le dimos algunos de sus no electores. No era difícil la tarea, se trataba de hacer lo básico, como cuando un estudiante es aceptado en un colegio con matrícula condicional, que no se le exige ser el más brillante de la clase sino que al menos pase, aunque sea raspando, pero… Dios le dio pan al que no tenía dientes. Y no es que Petro no haya hecho nada bueno, ¡no, tampoco!
Al respecto recomiendo leer la columna que esta semana publicó en este diario José Manuel Acevedo. Pero no fue nada por fuera del avance natural que logra cada mandatario en sus 4 años de mandato. Porque todos, a pesar de la corrupción y el clientelismo de los que no se ha librado ninguno de nuestros gobiernos, han puesto su cuota en que Colombia sea hoy un país mucho mejor que el que teníamos hace 30 años.
Por ejemplo, con un indicador de pobreza monetaria que se redujo del 50 al 28 % entre 2000 y 2026. Lo que pasa es que Petro lo que hizo con la mano lo borró con el codo: a los antiprogres los dejó más convencidos de que la derecha extrema es lo que necesita Colombia y a los progres no solo no les pudo garantizar un gobierno de continuidad sino que les incumplió en pilares fundamentales de su discurso, aunque muchos no lo quieran aceptar.
Porque el “Nos están matando” con el que le hicieron eco a la supuesta Potencia Mundial de la Vida que prometió Petro se derrumba con los 78 asesinatos de líderes sociales y las 68 masacres (número más alto en una década) solo en lo que va de 2026, según la Defensoría del Pueblo. Porque el cuidado del planeta con el que engatusó a ambientalistas y con el que justificó no hacer nuevas exploraciones de hidrocarburos ni fracking se derrumba con el hecho de que tengamos que consumir gas importado —con una mayor huella de carbono— que incluso las familias más pobres deben pagar con un costo 199 % superior al referente internacional, como lo advirtió en mayo la Superservicios, o con que el 85 % del oro explotado en Colombia sea a través de minería ilegal, con sus ya sabidas consecuencias ambientales. Porque el salario mínimo vital les mejoró la vida a dos millones y medio de colombianos que devengan ese rubro, pero se la desmejoró a quienes, aunque aparezcan en las cifras del Dane como empleados, lo son de manera informal o por cuenta propia, sin alcanzar ese sustento vital. Porque lo de ofrecer oportunidades reales a los jóvenes queda cuestionado con la emigración de 1,7 millones de colombianos entre 2022 y 2025.
En fin… ya no me queda espacio para dar datos del pobre balance en equidad de género, tema que usó como bandera para conquistar a muchas de mis colegas feministas. Y los del fracaso en la lucha contra la corrupción para qué los repito si estamos estupefactos con los que son revelados cada día por sus propios funcionarios. Solo con esto basta y sobra para decir que el gobierno de Petro, habiendo podido ser muy bueno, fue el desperdicio del siglo.
Claudia Isabel Palacios Giraldo