Sí, como cuando uno se pone audífonos que ‘cancelan el ruido’ de alrededor. Es decir, aprender a vivir con ruido es tomar medidas efectivas para evitar que el ruido entorpezca las actividades que requieren concentración o calma; pero no es desaparecer el ruido, ni hacer de cuenta que no existe, ni mucho menos hacerse el sordo. Por eso estoy ligeramente en desacuerdo con silenciar o con ignorar a Petro, como propusieron mis colegas Maritza Aristizábal y Mauricio Vargas en sendas columnas.
Por más que Petro haya dicho que no quiere ser un ‘viejo cansón’, su calidad de líder de la oposición y su deseo de convertirse en un personaje de la historia universal harán que lo tengamos haciendo no solo ruido sino incidiendo en los destinos del país desde un lugar más cómodo, en el que ya no tendrá la pesada carga de gobernar y mostrar resultados.
Entonces, si bien no sobra disminuirle la atención, no hay que perderlo de vista. Su cada vez más excéntrico actuar y el magnetismo a prueba de todo que genera entre su creciente caudal de seguidores hacen de Gustavo Petro ese tipo de personas que con cara ganan y con sello también. O sea, igual que le sirve el exceso de atención, le sirve que el foco cambie de ángulo. Con los reflectores apagados tiene tiempo para construirse una crisálida de donde luego pueda salir convertido en una encantadora mariposa. Entonces no, no hay que silenciarlo ni ignorarlo, solo observarlo de otra manera; con una mirada depurada de inmediatez.
Y claro, no hay que caer en la tentación de cambiar un ruido por otro. Porque sí, del otro lado también hay ruido. Un rugido plagado de adjetivos innecesarios e incendiarios, que no calcula el resentimiento que genera entre quienes se rehúsan a sentirse perdedores y la soberbia que provoca entre quienes se consideran ganadores.
Colombia no necesita otro líder que se nutra de la confrontación permanente. La exigencia de respeto por la majestad de la figura presidencial debe mantenerse, aunque el estilo —o el style— con el que se le empaña sea otro. Al próximo inquilino hay que explicarle que las reglas siguen vigentes aunque el saliente ocupante las incumpliera, antes de que nos acostumbre a vivir con su ruido, y hay que hacerle énfasis en que el cumplimiento de la Constitución requiere hechos más que frases altisonantes.
Lo digo claramente respecto al tema que más ha generado controversia de su discurso más reciente. Está en su derecho de decir que va a trabajar para meter a Timochenko a la cárcel de por vida —es innegable que para una parte de sus electores pareciera que eso resuelve las necesidades del país—. Pero en su condición de Presidente le atañe la gran responsabilidad de respetar las reglas del Acuerdo de Paz, que hace parte del bloque de constitucionalidad y que, gústenos o no, dio la posibilidad de no ir a la cárcel a los guerrilleros que reconocieran sus crímenes, como Timochenko y los otros exmiembros de la cúpula de las Farc ya lo han hecho, así sea a regañadientes. Y como lo han hecho más de 1.200 miembros de la Fuerza Pública que estaban cumpliendo penas impuestas por la justicia ordinaria y que han quedado libres gracias a los beneficios que la JEP también les da a ellos, a pesar de que muchos han confesado crímenes horribles, como los falsos positivos. Me pregunto si a las FF.AA. les subirá más la moral que ADLE se posesione en un cantón militar o que les mantenga dichos beneficios a sus excompañeros.
La Constitución también lo obliga en los artículos 22 y 95 a mantener la paz. ¿Qué le va a decir a la gente de las regiones en las que la desmovilización de 14.000 combatientes, 85 % de los cuales se mantienen en la vida civil, sí les llevó algún nivel de paz? Que se gaste entonces su capital político en tratar de modificar el Acuerdo, como ya lo hizo infructuosamente Iván Duque, pero que el ruido que ya está haciendo con ese fin no nos distraiga a los demás de observar de fondo su gobierno. Por esta razón también hay que aprender a vivir con ruido.
Claudia Isabel Palacios Giraldo