Para pelear se necesitan dos. Ese refrán ha venido a mi mente en las semanas que han pasado del gobierno de Abelardo De La Espriella, en las que las manifestaciones de guerra cultural han sido evidentes: el anuncio hecho por la ministra de Educación sobre revisar la supuesta ideología de género en los colegios, la directriz de la directora del ICBF que cambió el uso de la expresión ‘niños y niñas’ por ‘niñez’, las expresiones religiosas en escenarios de un Estado aconfesional y… lo que vendrá, pues así lo anticipó el Presidente en su posesión cuando habló de “liderar una narrativa cultural para recuperar el valor de la familia y la creencia en Dios”.
Cuando evoco el refrán no lo hago para decir que hay que hacer como si nada o perder el partido por W, sino porque dudo que lo que se deba hacer sea pelear. Varias razones, la primera pragmática: seríamos minoría, dado que la batalla es en nombre de la familia y la creencia en Dios y que en la Colombia de hoy hay muchas más personas dispuestas a alinearse de ese lado que las que podrían hacerlo del lado contrario, es decir, contra la familia y la fe en Dios.
Desafortunadamente muchos no han entendido que quienes defendemos la equidad de género, los derechos sexuales y reproductivos y la libertad de culto también defendemos la familia y la creencia en Dios.
La segunda razón es que hay con qué responder sin pelear. Las leyes, fallos de la Cortes y tratados internacionales hacen que el Estado esté obligado a cumplir ciertos estándares que no pueden ser destruidos de tajo. Habrá que reforzarlos, claro, y no será fácil porque varios Estados están en la misma guerra cultural, que se materializa en buena medida contra las instituciones multilaterales garantes de los derechos puestos en jaque. Pero se puede. Ya se logró en el cuatrienio anterior, cuando la institucionalidad fue un contenedor, en ese caso contra el talante antidemocrático de dicho gobierno.
La tercera razón es que antes de aceptar ir al combate hay que pensar que la ferocidad con la que llegan quienes están declarando la guerra es resultado de una serie de victorias en materia de derechos, con los que una parte de la sociedad se sintió excluida, amenazada e insultada en sus creencias y modos de vida. Es hora de preguntarse si hubo daños colaterales innecesarios e injustos. Y si, en esos casos, hay manera de tender puentes antes que de terminar de dinamitarlos.
Una cuarta razón es que hay que esperar a que se atemperen los ánimos luego de tantos meses de ríspida campaña y más aún cuando el inicio del gobierno ha sido atípico, por coincidir con dos desastres naturales de gran envergadura. Es prudente esperar las encuestas de popularidad que mostrarán qué porcentaje del voto por De La Espriella fue a modo de cheque en blanco, y cuánto fue por darle el beneficio de la duda o por evitar la continuidad del gobierno Petro.
Y como quinto argumento, una realidad: pelear hace demasiado ruido, facilita la desinformación y suele ser más probable que gane quien tiene la sartén por el mango. En resumidas cuentas, la estrategia que propongo —por lo pronto— para responder a la declaratoria de guerra cultural es no pelearla. Hay que sortearla, aún incluso si en ocasiones pareciéramos cobardes.
P. D. 1. Presidente Abelardo, ¿no que no habría espacio para la intransigencia? ¿Qué es entonces vetar a quienes han trabajado con gobiernos anteriores, no obstante sus altas calidades profesionales, o a una extraordinaria mujer y profesional como Carolina Soto para un cargo en el sector privado, por cuenta de la trayectoria de su esposo?
P. D. 2. Sector privado, la independencia… no tiene precio.
Claudia Isabel Palacios Giraldo