Ni una sola señal de apertura a la reflexión han hecho la ministra de Cultura ni el Presidente sobre el desmonte de obras del Museo Nacional, a pesar de que las críticas han llegado incluso de parte de algunos reconocidos votantes de este gobierno. Los apoyos a tal espectáculo han sido solo de quienes insisten en asegurar que dichas obras hacían apología del delito, lo cual merece por lo menos una discusión con argumentos académicos, históricos, sociológicos, desde luego artísticos, y no simplemente pasionales o basados en el hartazgo —justificado, claro— con el engolosinamiento del gobierno anterior con los violentos.
Pero no, la batalla cultural se está haciendo al mejor estilo del refranero vulgar: ‘a la maldita sea’, ‘porque quiero, puedo y no me da miedo’ y ‘gústele a quien le guste’, por cierto, en un modo algo similar al del anterior gobierno. Y además, se reacciona a los cuestionamientos sin responder nada de lo de fondo.
¿Cuál es el propósito de quitar de la vista de los visitantes del museo un tarjetón de la Séptima Papeleta, que dio origen a la Constitución que hoy nos rige, y que el presidente De La Espriella juró respetar?, ¿qué mensaje se quiere dar al retirar un afiche de una jornada por la No Violencia contra la mujer en un país donde de enero a agosto de este año hubo 96 feminicidios, 74 tentativas de feminicidio y más de 17.000 delitos sexuales contra mujeres?, ¿al ordenar el desmonte de obras artísticas que dan cuenta de la existencia de la diversidad sexual, asume alguna responsabilidad el Gobierno en que ese acto incida en que en Colombia la expectativa de vida de las personas trans se mantenga por debajo los 35 años?, ¿no se consideró que si lo que se quiere es eliminar el llamado ‘wokismo’, el método para hacerlo seguramente llevará al efecto totalmente contrario?, ¿asumirá el Gobierno el costo de exacerbar los ánimos de quienes hoy están siendo tratados con espíritu vengativo y pendenciero? ¿o es que provocar es el objetivo real?, ¿para qué?
Si es por fidelizar a los votantes que lo llevaron a la presidencia, bien valdría recalcular la estrategia a la luz de los resultados de la encuesta de Atlas Intel y Bloomberg: un inusual descenso de imagen positiva tras solo dos meses de mandato —cinco puntos exactamente— y una lista de problemas que los colombianos consideran prioritarios, que poco o nada tienen que ver con la batalla cultural: corrupción, inseguridad, funcionamiento del sistema de salud, debilitamiento de la democracia y funcionamiento del sistema judicial.
Entonces, no solo por esto sino porque la dignidad del mandato recibido así lo amerita, el Presidente debe escuchar y corregir. De otro modo no tendrían sentido las excusas que presentó siendo candidato por haber usado el término ‘destripar’, cuando además precisó que se refería a combatir democráticamente las ideas de izquierda. El desmonte en el museo fue un destripamiento, que no obedece a las reglas de la democracia.
Lo sucedido me hace pensar en un aparte del discurso que dio hace una semana el propietario de Casa Editorial El Tiempo, Luis Carlos Sarmiento Angulo, en la inauguración de la nueva sede de este grupo de medios: “El pluralismo es indispensable. Colombia es un país diverso, con múltiples regiones, experiencias, sensibilidades y puntos de vista. Nuestros medios deben ser un espacio en el que tengan cabida esas diferentes voces. El pluralismo no significa renunciar a nuestros principios, significa reconocer la complejidad del país, escuchar sus distintas perspectivas, abrir espacios de expresión y promover una conversación pública informada y respetuosa…”. Ese pluralismo también debe garantizarlo el jefe del Estado.
Claudia Isabel Palacios Giraldo