¿Demo qué? ¡Democracia!

Algunas ideas para lograr un equilibrio en la defensa de este sistema que nos rige.

En su más reciente columna en este diario, el profesor Wasserman escribió que la democracia goza de muy buena salud, a pesar de sus problemas. Con esto me dejó pensando en si estamos siendo demasiado fatalistas quienes alertamos sobre el deterioro de la democracia.

Para darme una respuesta leí dos informes recientes: el ‘Latinobarómetro’, (2 de oct.), y ‘The Global State of Democracy’ (15 de sept.), de International Idea. Este último trae párrafos que llevarían a pensar que el profesor Wasserman está demasiado tranquilo, por ejemplo: “El retroceso democrático está creando condiciones cada vez más propicias para los conflictos internos e internacionales… En la categoría de DD. HH., la libertad de expresión cayó en 42 países, 24 % de los evaluados. La libertad de prensa también se deterioró dramáticamente, con descensos en 23 % de los países”. Pero el ‘Latinobarómetro’ coincide con Wassserman: “Hay un vaso medio lleno, no uno medio vacío, y ese vaso se va llenando, a pesar de que las demandas no han sido respondidas. La democracia resiste y sobrevive a los gobiernos que no entregan respuesta a las demandas”.

¿Qué veo yo? Me parece claro que la conclusión depende del punto en el que se ubique cada observador. Si nos comparamos con un siglo atrás, hemos avanzado tanto que no vale la pena preocuparse por una porción tan pequeña como los últimos 5 o 6 años, pero si nos comparamos con hace 20 o 30 años, y sobre todo si avizoramos las potenciales consecuencias del actual deterioro democrático, deberíamos desayunar, almorzar y comer hablando de cómo cuidar la democracia. 

Ahora bien, ¿es esta la mejor manera de hacerlo? Antes de responder comparto algunas cifras del ‘Latinobarómetro’, que se refieren únicamente a Colombia: 22 % de la gente piensa que la democracia puede funcionar sin elecciones; 38 %, que puede hacerlo sin Congreso; 36 %, que no hace falta que haya oposición, y 44 %, que no le importaría que llegue al poder un gobierno no democrático si este resuelve los problemas. De los resultados consolidados de todos los países, uno me llamó poderosamente la atención: 61 % piensa que hay que controlar la publicación de información falsa aunque eso limite la libertad de expresión. Las cifras de El Salvador me hicieron abrir (aún más) los ojos: entre 2009 y 2018, El Salvador perdió 40 puntos en apoyo a la democracia, cayó a 28 %, y la elección de Bukele (feb. de 2019) se produjo cuando al 54 % de la población le ‘daba lo mismo’ la democracia.

Entonces, para responderme mi pregunta, ¿hablar permanentemente del riesgo en que está la democracia es la mejor manera de cuidarla? Pienso que la respuesta depende de si datos como esos los vemos como parte de un mundo en evolución o en involución. A quien le parezca que está evolucionando encontrará las amenazas a la democracia como accidentes naturales y hasta necesarios, que ‘pasarán’, como tantas otras cosas, y a quienes nos parece (a mí a ratos me lo parece) que está involucionando, estas amenazas deberían llevarnos a un ‘paren todo’ que nada es más importante que salvar la democracia.

Al margen de esa consideración de corte filosófico, pienso en dos claves para lograr un equilibrio en la defensa de este sistema que nos rige: 1) No ser indiferentes ni ingenuos, especialmente porque las protagonistas del actual deterioro democrático están al alcance de nuestras manos todo el tiempo: las pantallas digitales (un colombiano las usa 8 horas 44’ por día, Comparitech); 2) No ser ni permisivos ante la más mínima amenaza, ni abusivos de las libertades que nos da la democracia. Sé que a la gente no le importa mucho esto, al fin y al cabo 87 % de los colombianos dicen estar satisfechos con su vida y quizá ni piensan que en parte esto se debe a que viven en democracia.



Claudia Isabel Palacios Giraldo

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