Maga y ‘woke’, sexto ‘round’

Lo valioso sería cambiar el ‘ring’ por un ágora; un escenario remoto, pero posible, si hay depuración de excesos.

Paliza, tsunami, derrota, histórico y otras palabras similares están en buena parte de los titulares sobre los resultados de las elecciones de medio término en EE. UU. Y sí, ninguna miente, pero a mi juicio solo funcionan para una mirada de corto plazo. Porque me pregunto qué sentido tiene usar expresiones tan determinantes cuando el movimiento pendular tiene oscilaciones cortas, que dejan un margen de maniobra estrecho a los ganadores.

Me refiero a la Cámara de Representantes, que asegura dos años al partido más votado, y al Senado, que cada dos años abre la posibilidad de renovarse en un 30 %, lo cual se traduce en que la prioridad de la gestión sea contener al partido contrario, en vez de que sea hacer avanzar al país. Porque, claro, en las elecciones del martes los demócratas quedaron con buen músculo después de sobrepasar a los republicanos, y desde luego que lo van a usar, pero —como anticipan los análisis— priorizarán hacerlo en abrir investigaciones a miembros del gobierno Trump y en revertir decisiones de este, como algunas relacionadas con migración y los recortes de Medicaid.

O sea, en contener lo que el partido contrario considera sus conquistas. Me dirán que así es la democracia, y sí, está bien el diseño institucional que garantice un pulso de fuerzas que funcione contra los excesos y los autoritarismos, pero hace rato que ese sistema de garantías está viciado por herramientas que confunden, radicalizan y desvían la atención: los contenidos digitales con sus algoritmos y sus inteligencias artificiales. Y es justamente por esos vicios por lo que considero que usar palabras tan grandes como derrota, paliza, histórico o tsunami es como celebrar exageradamente hacerse rico en Monopolio, pues ya sabemos que dichas herramientas tienen la capacidad de hacer que el péndulo se vaya rápidamente al otro lado, sin mayor explicación que la efervescencia que logre producir el grupo que mejor use los algoritmos.

Además, cuando la mayor victoria es derrotar al contrincante y no posicionar un ideario con cimientos robustos, esa victoria es frágil. Su permanencia queda dependiendo de los comodines, que son los ciudadanos más fácilmente permeables por las emociones radicales que con éxito circulan en las redes sociales.

Ahora bien, lo que sí es histórico es lo que resiste una mirada en periodos largos: el primer senador demócrata por Kansas en casi 100 años (Adam Hamilton), la primera gobernadora hispana en Texas (Gina Hinojosa, demócrata), el primer senador demócrata por Texas desde 1988 (James Talarico), la primera mujer afro gobernadora de un estado (Keisha Lance Bottoms, demócrata de Georgia), el primer musulmán senador (Abdul El-Sayed, por Míchigan, demócrata), el primer gobernador afro de Florida (Byron Donalds, republicano), la primera mujer indígena gobernadora (Deb Haaland, de Nuevo México, demócrata), la primera mujer gobernadora de Ohio (Amy Acton, demócrata), el primer gobernador hispano de California en 150 años (Xavier Becerra, demócrata).

La mayoría de las primacías son triunfos para los demócratas, lo que confirma la tendencia desde las elecciones de 2016: así como la ciudadanía le puso freno con Trump al avance de lo que consideró excesos del wokismo, ahora le pone freno con varios de los demócratas más socialistas a los excesos del movimiento Maga. En otras palabras, wokismo y maguismo llevan 6 rounds, y hasta ahora ninguno ha noqueado al otro. Está por verse cuántos asaltos quedan, aunque lo valioso sería que la apuesta de ambos fuera por hacer posible un país donde no tuvieran que eliminarse mutuamente para sacar adelante sus idearios políticos. O sea, cambiar el ring por un ágora; un escenario remoto, pero posible, si hay depuración de excesos.



Claudia Isabel Palacios Giraldo

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