Pensando en una escapada poselecciones escogimos un destino en donde, aún siendo verano, el clima fuera primaveral. Revisados los promedios históricos de temperatura, armamos viaje a Europa oriental. Praga y Viena prometían un rango de 20 a 25 grados Celsius. Apenas el justo toque de calor para explorar agradablemente y por primera vez esos históricos destinos. Si bien noté que la tripulación no pidió subir las ventanillas antes de aterrizar, no me alcanzó a parecer extraño, pues nada más tocar tierra pidieron mantener las ventanas cubiertas y los botones del aire acondicionado abiertos “para que los siguientes pasajeros encontraran fresco el avión”. Normal, pensé, mínimo gesto de cortesía. En Colombia me ha pasado al llegar a destinos como Cartagena o Barranquilla. Nada más salir del avión, el sopor envolvente de los pasillos del aeropuerto me hizo pensar que más que un gesto de cortesía era un mínimo gesto solidario por supervivencia. Mi mente, aún desprevenida frente a la realidad, encontró la explicación más lógica para las circunstancias: debe estar dañado el aire acondicionado del aeropuerto.
En el camino al hotel, una nueva señal: el taxista se mostró contrariado cuando le pedí un poco de aire. —¿Qué dice? —Un poco más de aire, por favor. —…Ok. Algo movió de mala gana en el tablero de controles del carro. Asumí entonces que los conductores checos son bruscos y convertí el incómodo momento en algo positivo: ya tengo un dato sobre la cultura del país, ¡así se va cumpliendo el propósito del viaje! El calor me sacó de esa tonta idea. Mientras me corrían gotas de sudor por el cuello y me fastidiaba por la transpiración acuosa detrás de las rodillas, en las axilas y en las ingles, fantaseaba con refrescarme al llegar al hotel.
Al abrir la puerta, un ventilador encendido distribuía el aire caliente de la habitación. Colgada al wifi, conversé con la IA, que me contó que es usual que no haya aire acondicionado en países como los del este europeo, donde en promedio las altas temperaturas de verano no superan los 25 grados ni duran más de un mes, y agregó que estábamos a más de 40 grados, ¡un récord histórico para la ciudad!
Como soy de esas turistas que aprovechan cada minuto del viaje, embadurnados de bloqueador, con una visera y una botella de agua nos echamos a andar. Cada paso nos recordaba por qué habíamos decidido no volver a viajar en verano.
Llegó el momento de comer: —Una cerveza y un vaso de agua, por favor. —Gracias, ¿podría traer unas que estén frías? —Es lo más frío que tenemos, estaban en la nevera. —Entiendo, ¿tienen hielo? El pequeño vaso con 5 hielos se derritió antes de que termináramos de consumir nuestras bebidas.
Dos días después partimos de Praga en tren hacia Viena, en un viaje que debía durar 4 horas, pero duró 8. El tren que teníamos previsto no salió, igual que decenas agendados para ese día en Europa. Las altas temperaturas ensanchan los rieles y hacen que se descuelguen los cables. Hay que bajar la velocidad y disminuir el tráfico para evitar accidentes. Como otros pasajeros igualmente afectados por el clima, nos echamos en los pasillos del único tren que hizo la ruta Praga-Viena ese día. Había aire, poco, como nos explican que sucede desde el comienzo de la guerra en Ucrania, para enfrentar los altos precios del combustible.
Solo quiero contarlo y abrir conversaciones. Desde luego, no me quejo. No soy una de las 70.000 personas que según Acnur deben desplazarse cada día porque el cambio climático desaparece sus viviendas, ni alguien a quien le hayan suspendido una cirugía porque el calor descontroló las máquinas del quirófano ni una de las 1.300 personas que según la OMS han muerto este verano en Europa por el sofocante calor. ‘Solo soy una turista’ con una experiencia muy caliente… que la próxima vez puede viajar en primavera.
Claudia Isabel Palacios Giraldo