Sé que me expongo a todo tipo de insultos, pero… ¡ni que fuera la primera vez! Les comparto entonces un pensamiento que me ha venido rondando desde que nos están diciendo cuán maravilloso es que el ser humano vuelva a la Luna. Jem… ¿sí?
Es decir, no discuto la grandiosidad del talento humano capaz de tal hazaña, ni lo que esto evidencia sobre nuestras posibilidades de trabajar en equipo, ni lo deslumbrante que es ver despegar una nave espacial, o lo emocionante que es apreciar las imágenes de la Tierra que nos llegan desde el espacio. Y desde luego me lleno de orgullo de saber que hay varios colombianos, entre ellas dos mujeres, involucrados en la misión Artemis II. Pero mi punto no es sobre el qué sino sobre el para qué. Y ahí es donde me contrastan las declaraciones de algunas de las “hormiguitas” de la misión con las de algunos de sus líderes.
Mientras antes de que la nave quedara sin comunicación por 40 minutos al pasar por el lado oscuro de la Luna, el piloto Victor Glover envió un inspirador mensaje sobre amar a Dios y al prójimo, y el canadiense Jeremy Hansen habló de su esperanza sobre el futuro de la humanidad; el administrador de la Nasa dijo desde tierra que la misión hará que “la gente crea que Estados Unidos puede una vez más hacer lo casi imposible y cambiar el mundo”. Paréntesis: ¡eso ya lo sabíamos, y en el segundo gobierno de Trump sí que lo hemos visto. En forma de destrucción de Irán, por poner el ejemplo más reciente! Cierro paréntesis. Pero lo de fondo acá no es el amor ni la humanidad, sino el traslado al espacio de la competencia a toda costa entre las potencias por dominar ya no el mundo sino el universo, para usarlo en función de las necesidades de la humanidad terrícola, adicta a vitorear al que parezca más fuerte y a consumir recursos naturales.
Queremos la Luna porque tiene agua, metales raros, helio-3, ¿para qué? ¡Para gastárnoslos! Entonces, sí, denme todo el palo que quieran, pero hay algo que me conflictúa entre la capacidad de la inteligencia humana y la disponibilidad presupuestaria para conquistar el espacio, y la incapacidad de la misma inteligencia humana y la limitación presupuestaria para resolver asuntos palpables y sin duda más urgentes: el calentamiento global, si nos remitimos solo a lo científico; o la pobreza, el hambre y la guerra, si preferimos ampliar la mirada.
Entiendo que esa paradoja hace parte de ser humanos.
Trayéndola a una escala muy doméstica, es como la familia que a pesar de su trabajo arduo casi no logra llegar a fin de mes, pero se regocija genuinamente por lograr hacerle una fiesta de 15 años a la hija, aunque la plata gastada en el vestido podría haberse usado en tapar las goteras del techo de la casa, y aunque a la hija le serviría más que la empoderen con educación que inculcándole ideas de princesa.
En fin… no pretendo apagar ilusiones, de hecho quiero conservar todas las que se nos remueven cuando cantamos desde “lunita consentida” (Pueblito viejo) hasta Fly Me to the Moon, pero no por ello dejaré de preguntarme si será mucho pedir que mientras se cumplen las fechas previstas de EE. UU., China, Rusia e India para establecer una base permanente en la Luna, por los menos se actualice el Tratado del Espacio Exterior, de 1967, que, si bien dice que ningún país puede adueñarse de la Luna, no habla de la explotación de sus recursos ni del impacto ambiental de ese escenario, ahora tan cercano. ¿Será que estoy en la luna?
Claudia Isabel Palacios Giraldo