Ando cabezona…

A esos personajes, más que cárcel, les hace falta sanción social. Nos corresponde a la ciudadanía ponerlos en su lugar cada que asomen la cabeza.

Me tiene ‘cabezona’ la película El juego de la vida, al final de la columna les diré por qué. Quienes ya la vieron quizá coincidirán conmigo en que verla tendría que ser un deber de todo colombiano, particularmente de aquellos que no han estado ni medianamente cerca de vivir un día a día de privaciones, en el que lograr el bienestar elemental es soñar con una utopía y llenar centavo a centavo una alcancía de desesperanza y frustración, que en muchos casos se rompe con un golpe de resentimiento.

La película es una innovadora forma de presentar los resultados de la Elca, Encuesta Longitudinal Colombiana, que es un estudio socioeconómico hecho por la Universidad de los Andes. Durante 14 años, un equipo de investigación siguió a nada más y nada menos que a 10.000 familias dispersas por todo el territorio nacional para documentar las condiciones que determinan sus posibilidades de movilidad social.

Este indicador, según la Ocde, evidencia que en Colombia se requieren 11 generaciones para salir de la pobreza. ¡11! Sí, O N C E. ¡Cómo lo digo para que se entienda! O sea, imagínese ser un adolescente que mientras almuerza todos los días el popular plato de A.C.P.M. (arroz, carne —si es que hay—, papa y maduro) va viendo en Instagram fotos de gente divinamente vestida, que come unas comidas que se ven deliciosas en restaurantes sofisticados, que publica fotos de vacaciones en unos destinos paradisiacos y de reuniones con amigos que parecieran tener todos sus problemas resueltos para el resto de la vida.

Imagínese pensando con ilusión: ‘y qué chévere’, ‘yo quiero’, y que un gigante se le pare en frente y le diga con contundencia: ni tú, ni tus hijos, ni tus nietos, ni tus bisnietos ni tus tataranietos podrán tener alguito de eso. Claro, todos conocemos casos de excepciones a esa regla, pero, como lo muestra la película, se requiere barajar las cartas para que cambie el panorama del juego. La barajada a veces es un subsidio estatal, a veces es emigrar, y casi siempre es un esfuerzo sobrehumano de una mamá, un papá u otro familiar decidido a darle un timonazo al rumbo de su familia. Aun así, la posibilidad de movilidad social es incierta.

Andrés Ruiz, director de la película, lo explica de esta manera: “Decir que si quieres puedes no es necesariamente cierto. Las becas estudiantiles, por ejemplo, sí generan transformación social. Pero a veces por la discriminación asociada al color de piel o al género los ‘techos’ son más bajos. Y siempre se pagan costos altos al querer cambiar el juego. Emigrar es correr el riesgo de desarraigarse de la familia y de la identidad”. ¿Por qué me tiene ‘cabezona’ El juego de la vida? Porque aun sabiendo que las políticas públicas han permitido que en lo que va del siglo 5’700.000 personas hayan salido de la pobreza (lo dijo el economista Luis Fernando Mejía en la ceremonia del Premio Restrepo Barco a la investigación en familia), es claro que esto es insuficiente y que las personas, especialmente las más jóvenes, están cada vez menos dispuestas a esperar pacientemente a que les llegue su turno de vivir mejor o a hacer esfuerzos descomunales para salir de pobres.

Esto explica la facilidad con la que sintonizan con discursos que explotan su frustración e instrumentalizan sus legítimas aspiraciones de justicia social. En ese marco hay poco margen para explicaciones sobre responsabilidad fiscal, importancia de reglas del juego que no asfixien al sector productivo, o igualdad no solo en el acceso a los derechos sino en el cumplimiento de deberes. Por eso la peli me dejó preguntándome qué más puedo hacer, además de votar por quien considero la opción menos riesgosa, para que ya que yo tuve quién barajara las cartas del mal juego que me hubiera podido tocar, yo pueda barajar las cartas de otros para mejorarles su juego. ¡Colombianos, no dejen de verla!

Claudia Isabel Palacios Giraldo

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