A primera vista pareciera que todos los astros se están alineando para que caiga el régimen castrista, presidido desde 2019 por Miguel Díaz-Canel: 1) Trump le termina de cortar a la isla el petróleo venezolano, que alguna vez fue un chorro, pero que hoy es apenas un hilo; 2) Trump presiona de tal manera a la presidenta Sheinbaum que México corta también el flujo de crudo que le envía a Cuba; 3) Trump contiene a Putin, favoreciendo sus intereses en Ucrania para que no rescate a la que fuera la gran protegida de la Unión Soviética en los tiempos de la Guerra Fría y… ¡zas! Cuba arde porque se queda sin energía, sin transporte, sin manera de funcionar. Y entonces, 4) entra triunfal Marco Rubio a realizar por fin el sueño del exilio, varias veces truncado desde el asalto a Bahía Cochinos: Cuba libre. Jem… demasiado cinematográfico para volverse realidad.
Ahora bien, no digo que no vaya a pasar, pues está visto que Trump sabe cómo salirse con la suya, y por lo pronto no hay quién lo contenga. Los que osan enfrentarlo, como Petro, son diminutos frente al poderío estadounidense; y los que tendrían algún poder para hacerlo retroceder parecen tener asuntos prioritarios que atender. Así las cosas, digamos que o los cubanos tumban a Díaz-Canel o Trump hace una incursión en Cuba como la que hizo en Venezuela.
Asumo que primero tendría que acusarlo de algo, pues las sanciones migratorias que le impuso en 2025 por reprimir con brutalidad las protestas del 2021 no serían un delito contra Estados Unidos, como sí lo puede decir del narcotráfico, con el que se justificó la extracción de Maduro. Pero supongamos que lo hace. Como ya sabemos que los intereses de EE. UU. en América Latina con la ‘doctrina Donroe’ son prioritariamente económicos, seguramente el objetivo será acaparar los negocios que se generarían por convertir a ese bastión del comunismo en una nueva joya del capitalismo.
Esta sería una tarea titánica para solo 3 años restantes de mandato de Trump, que sin duda Marco Rubio –cubano de segunda generación– lideraría con gusto, pues no solo reivindicaría a sus ancestros sino que le daría un capital político que le aseguraría la presidencia de Estados Unidos y, como ya lo dijo su jefe, por qué no también la de Cuba en su eventual salto a la democracia. Sí, sigue sonando demasiado cinematográfico, pero, a juzgar por el poder que estaría teniendo Rubio en Venezuela, no hay que pensar que esta es una idea descabellada.
El pero lo veo en la capacidad del pueblo cubano para montarse en ese cambio. Luego de 67 años de ideología comunista, con una población envejecida, probada en situaciones extremas –como el Período Especial tras la caída de la Unión Soviética–, enseñada a callar y a temer, con limitado acceso a información global diversa, ¿hay quien tenga la fuerza para apoyar semejante gesta?
Me dirán que en Irán están marcando la pauta al desafiar a un régimen de casi 47 años. Sí, pero tal vez en lo poco que se parecen Cuba e Irán es en la capacidad que han tenido sus respectivos regímenes para superar las insurrecciones que ha habido en ambos países en los últimos años, por cuenta de su capacidad represiva. Por eso, me sumo al llamado a la prudencia que hace la periodista cubana Yoani Sánchez en su columna de diciembre del año pasado en DW, ante la cantada caída de Maduro y su posible impacto en Cuba: “La élite cubana ha demostrado que su capacidad de posponer lo inevitable es casi infinita. Y aunque los tiempos históricos parecen acelerarse en América Latina, en Cuba el reloj oficial avanza a la velocidad que dicta un grupo de nonagenarios”.
En todo caso, si todo sale como en las películas, serán los cubanos del exilio los que tengan el balón en su cancha. ¿Estarán a la altura de ese momento de la historia? Otra cosa es si esa hipotética Cuba será libre.
Claudia Isabel Palacios Giraldo