‘Cuentazo’ a lo Göebbels

¿Qué razón tienen quienes repiten el ‘cuentazo’ de que nuestra institucionalidad está blindada?

Oigo cada vez con más frecuencia y de parte de personas con experiencia en el manejo del Estado que no importa quién sea elegido presidente, “Colombia está blindada” de repetir experiencias como la de la Venezuela chavista, la Nicaragua orteguista o las del Ecuador de Correa y la Bolivia de Morales porque, dicen, “tenemos unas instituciones muy fuertes”. Difiero completamente, no porque no crea que nuestra institucionalidad tiene mejor salud que la de los países mencionados antes de caer en manos de dichos líderes, sino porque veo que no hay institucionalidad, por fuerte que sea, que no se pueda vulnerar con relativa facilidad.

La institucionalidad no es un factor estático. Es el resultado de un equilibrio de poderes que fluctúa al vaivén de dos aspectos: la satisfacción social y la personalidad de quienes detentan el poder.

En el caso colombiano, la satisfacción social, como lo muestra por ejemplo la más reciente encuesta de Invamer, es la más baja en 28 años: 85 % de las personas encuestadas creen que el país va por mal camino. Si a eso sumamos la valoración de la democracia como sistema de gobierno, hecha por el Latinobarómetro, estamos en un escenario propicio para socavar la institucionalidad que garantiza la democracia: solo 43 % de la población apoya este modelo como sistema de gobierno, 11 puntos menos que nada más 3 años atrás. Llama la atención que esta sea la cifra más baja desde el periodo 2001-2002, cuando el apoyo a la democracia fue de 36 y 39 puntos, respectivamente, en coincidencia con la elección e inicio del gobierno de Álvaro Uribe, quien logró hacer lo que ya se conoce para cambiar las reglas de juego en aras de extender su mandato.

Por el lado de la personalidad de quienes detentan el poder, un aspecto que ha sido siempre determinante de la popularidad de los políticos, los que saben manejarlo a su favor tienen claro que la clave está en hacerse querer más que en hacerse entender.
Con las redes sociales al servicio de este objetivo lo vemos más claramente: nada pierden los candidatos mientras sean simpáticos. Pensemos, por ejemplo, por qué a Vargas Lleras le costó en popularidad el coscorrón que le dio a uno de sus escoltas, mientras que a Rodolfo Hernández no le hace mella el pescozón que le dio a un concejal. Cuando un político sabe que la gente le perdona esas cosas, una vez asume el poder hace lo que quiera, sin que los demás poderes del Estado puedan hacer mucho para evitarlo: desde nombramientos de personas que les rindan cuentas en cargos que tendrían que ser manejados por gente independiente y técnica hasta cambios de la Constitución. ¿Qué pasaría entonces si llega al poder alguien con personalidad mesiánica?

Sé que me dirán que en Colombia ya tuvimos alguien así en el poder y que, mal que bien, las instituciones funcionaron para no dejarlo reelegirse por segunda vez. Sí, pero no antes de que con su estilo de liderazgo determinara acciones que aún hoy alimentan el descontento social. Además, hay una diferencia: el hecho de que Colombia tuviera por décadas como enemigo principal a las guerrillas violentas permitió que las posiciones de extrema derecha fueran poco cuestionadas y hasta bien vistas incluso por actores del Estado que debían ser ecuánimes. Por eso no fue sorpresivo que estos le facilitaran los cambios con los que se rompió el orden constitucional. Ahora, en cambio, no sabemos a qué atenernos porque hay muchos vergonzantes entre quienes simpatizan con el próximo mesías, que solo destaparán sus cartas cuando este llegue al poder.

Ahora bien, como esto no va a desaparecer de la noche a la mañana y quienes acosan defenderán lo que seguramente creen que es Entonces, pregunto qué razón tienen algunas personas para repetir el ‘cuentazo’ de que nuestra institucionalidad está blindada. ¿Acaso siguen la frase atribuida a Goebbels, que reza que una mentira dicha mil veces se convierte en verdad?

Claudia Isabel Palacios Giraldo

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